Así fue el Workshop fotográfico de una semana en Marruecos. Junio de 2019

Impartir un taller de fotografía en Marruecos junto a un grupo de viajeros intrépidos y mi amigo Sergio del blog Nada Incluído, era un proyecto que venía persiguiendo desde hace mucho tiempo. Lo mejor siempre se hace esperar, y desde luego todos los esfuerzos valieron la pena. Descubrimos a través de la fotografía un país lleno de alegría, contrastes y muchas posibilidades..

Tras reunirnos en el aeropuerto de Madrid la mayoría del grupo, viajamos juntos al aeropuerto de Marrakech Medana para conformar el grupo total que compartiríamos una semana de aventuras. Fuímos un grupo de todas las edades, de todos los humores, de todas las maneras, pero desde el primer momento hicimos una piña que se fue tornando en familia. Aprovechamos para conocer a nuestro guía y chófer, quienes nos acompañarían durante nuestra travesía hacia el desierto.

El martes partimos de Marrakech rumbo a la increíble Ait Ben Haddou. Una mañana de carretera y curvas a través del Atlas en donde nos topamos con los primeros contrastes de un Marruecos que a veces te deja con la boca abierta por la belleza de sus paisajes como por la dureza de la vida en sus zonas rurales. Nos alojamos en un Kasbah y comenzamos a recorrer los rincones más antiguos de Ait Ben Haddou, con sus casas en la montaña, sus paisajes, sus gentes y unos rincones en que parece que el turismo no ha terminado de hacer mella. Después de cenar, aprovechamos la falta de contaminación lumínica para fotografiar las estrellas y la vía láctea.

El miércoles seguimos nuestro camino hacia el desierto descubriendo nuevos lugares como el kasbah de la ciudad de Ourzazate, una zona de palmerales que destacaban y rompían el paisaje cada vez más desértico que íbamos atravesando. Visitar lugares con condiciones de vida tan duras hace que te plantees la burbuja en la que vivimos en los países del primer mundo. Tras algunas horas de autobús, llegamos a Merzouga, el límite con el desierto. Dejamos a buen recaudo las mochilas y maletas, sacamos lo justo y necesario para una noche en el desierto, y nos subimos a los camellos.

Toda una experiencia la de viajar en camello a através de dunas y la nada embriagadora que es el desierto. Al llegar, nos encontramos con nuestras jaimas campamento en donde cenamos, nos reíamos, cantamos y, como no, fotografiamos el cielo infinito.

El jueves vivimos, la que personalmente fue una de las mejores experiencias del viaje, la visita al poblado de Rissani y la garganta Del Río Todra. Ya no es que fuera pintoresca y apabullante, es que nos encontramos con la realidad del lugar, compartiendo camino, piedras y alguna charla con los habitantes de lugar que bajaban al río a refrescarse con sus amigos y familias. Un lugar imprescindible si visitáis Marruecos.

A partir de este punto, comenzamos el regreso a Marrakech. Hicimos varias paradas en lugares típicos, jugamos en el autobús al “asesino”, cantamos, hablamos de la vida y resolvimos más de un problema existencial. Al termino del viaje cruzando de nuevo el Atlas, llegamos a nuestro hotel en Marrakech, justo a la hora perfecta para cenar y salir a tomar algo por su parte nueva. Dio la casualidad de que en esos momentos se estaba jugando un partido de la Copa de África en la que participaba Marruecos. Los bares estaban absolutamente llenos de gente y de motos, la ciudad hervía y nosotros nos fuímos de disfrutar de las terrazas de la ciudad.

El sábado nos adentramos en la Medina de la ciudad. Como ya he dicho, un país llenos de contrastes. Si la parte nueva nos había parecido en ocasiones similar a cualquier ciudad del sur de España, la Medina fue como retroceder algunos siglos atrás. La ciudad roja nos ofreció un zoco y unas calles repletas de gente yendo y viniendo, de turistas comprando telas y especias, de motos, burros, carros, bicicletas, todo en calles de poco más de dos metros de ancho. Una auténtica locura. Por la tarde subimos a las terrazas de los locales de alrededor de la famosa plaza Jemaa El Fna, uno de los epicentros de la ciudad, para disfrutar del atardecer. Recorrer por la noche sus calles fue una auténtica experiencia, muy diferente que por el día, pero igual de complicada a la hora de fotografiar a sus gentes, tal vez demasiado enfocados al turismo y a sacarte una moneda con absolutamente cualquier excusa.

El día siguiente visitamos la ciudad portuaria de Essaouira. Una auténtica joya, y una verdadera guinda al viaje. Si en Marrakech hay momentos los que te puedes agobiar, en Essaouira sentimos totalmente lo contrario. Sus gentes sonrientes, amables, simpáticas,… Con un puerto y una plaza soberbia, que nos regaló momentos inolvidables y fotografías para el recuerdo. Sin duda, desviarnos de la “ruta lógica” y encontrarnos en esta ciudad, fue lo mejor que pudimos hacer para terminar el viaje con una cena en familia, en la que hubo mucha emoción contenida, y descontrolada, por ser el último día, ya que al día siguiente nos dirigimos de nuevo al aeropuerto de Marrakech Medana para emprender el último desplazamiento, esta vez a casa.

Gracias a Tania, Mayte, Ángela, Marta, Vicente, Alex, Arantxa, Luis, Manu, Elena y a Alberto por ser como sois y por hacer que para Sergio y para mí fuese un viaje fotográfico inolvidable. Si estás interesado en vivir una aventura fotográfica con nosotros, ¡escríbenos!